Desde mi sofá: Ayer…

Ayer se levantó sintiéndose un intruso en su propio cuerpo. Se preparó, como siempre, un café que no le supo a nada mientras se le caían las pestañas sobre el periódico que, cada día, le deja la vecina en la puerta de su casa, y que contaba lo mismo de siempre. Miró una de sus manos esperando ver algo distinto, quizá una arruga menos, un recuerdo de su inminente vejez disimulado, las uñas más perfectas y menos trabajadas. No. No había nada diferente excepto esa sensación de sin sabor que le volvía hierro la saliva. Tragó, de un sorbo, el café y fue a vestirse. Su cuerpo vagaba sin rumbo por el espejo sin corazón que le mostraba su figura. Desde que ella se fue, solo una sombra de sí mismo quedaba arrastrándose por el suelo que, años antes, les sirvió de cama. Ahora se alojaba en las tinieblas de su recuerdo lamentando no haberle dado más tiempo, ese tiempo que ella siempre suplicaba, un beso más en el camino de su espalda. Ya todo le sabía a nada, desde que ella no estaba. Al día siguiente de un ayer sin mañana, su espíritu voló de su cuerpo sin sabor, sin amor, sin nada.

Buenas noches, mundo.

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