Así empezó todo…

Desde mi sofá: No tengo una cara bonita y, para controlar mis rizos, necesito algo más que un ratito delante del espejo. No me gusta nada, mi nariz, y mis pechos, bueno, ya no son lo que eran; pero me gustan mis labios, siempre los pinto porque así me veo más guapa. ¡Algo bueno tengo que tener! A veces, las más, oculto lo que siento porque me da miedo que no me entiendan, me da miedo el vacío que veo en los ojos de la gente, el silencio… Odio el silencio, pero también lo necesito. Soy pura contradicción. Me gustan los mimos, los achuchones y los besos; creo que son las tres cosas más maravillosas del mundo, sensaciones que hacen que cada día tenga un motivo para seguir caminando en lugar de pensar en enroscarme en el colchón y hacerme la muerta. Muchas veces me pierdo en un mar de sentimientos que, sin querer, trastocan mí día adía, mis emociones. Tengo miles de mariposas revoloteando en mi estómago las 24 horas del día. Me dan mucha guerra, la verdad, pero moriría sin ellas. Otra contradicción. Y es que, a pesar de mi edad, sigo siendo una tonta porque, a veces, yo misma me pongo barreras por culpa de ése miedo imbécil que se empeña en no dejarme en paz y del que no sé cómo librarme. No es fácil vivir sumergida en un mundo que no existe, no es fácil saber que nadie entiende esa otra parte de mí que está al otro lado de mi espejo. El caso es que, a pesar de todo, creo que, en algún momento me miraré en ese espejo y podré decir: ¡Nena, tú vales mucho! Buenas noches, mundo.
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